¿Está permitido hablar bien de un terrorista?

¿Está permitido hablar bien de un terrorista?

El libro "Los rendidos" de José Carlos Agüero plantea una pregunta incómoda: ¿puede el hijo de militantes de Sendero Luminoso hablar del amor por sus padres sin negar sus crímenes?

Por: Jairo Rodríguez
26 de febrero de 2026

José Carlos Agüero escribió "Los rendidos" desde un lugar que pocos se atreven a ocupar. Es hijo de militantes de Sendero Luminoso, organización terrorista responsable de miles de muertes durante el conflicto armado interno en el Perú.


El texto plantea una pregunta que incomoda y que desafía las narrativas dominantes sobre memoria y violencia política: ¿qué sucede cuando el estigma de ser familiar de terroristas te quita incluso el derecho a sufrir, a hablar, a ser escuchado? ¿Es posible reconocer simultáneamente que alguien causó daño terrible al país y que fue una buena madre o un buen padre para sus hijos?


El derecho prohibido al duelo


Agüero cuestiona la asimetría en quién tiene derecho legítimo al dolor. Las víctimas de Sendero Luminoso —miles de familias que perdieron seres queridos, comunidades destruidas, vidas rotas— tienen un derecho indiscutible al duelo, la memoria y la justicia. Esta legitimidad es incuestionable y fundamental.


Pero el autor pregunta: ¿los hijos de terroristas tienen derecho a llorar a sus padres? ¿Pueden recordar momentos de afecto sin que eso se interprete como justificación de crímenes?


Las situaciones no son comparables. Pero sí cuestiona si prohibir el duelo a ciertos sujetos —incluso cuando reconocen y condenan los crímenes de sus familiares— es compatible con procesos de verdad, memoria y reconciliación.


Entender sin justificar


Una idea central del libro es la distinción entre entender y justificar. Agüero sostiene que para comprender la violencia política —y evitar que se repita— no basta con mirar únicamente a las víctimas. También es necesario entender a los victimarios: cómo se fabrica el fanatismo, qué lo sostiene, qué estructuras sociales, políticas y psicológicas lo alimentan.


Entender no significa absolver responsabilidades. Explicar los procesos que conducen a personas comunes a cometer atrocidades no elimina su culpabilidad ni disminuye el daño causado. Pero sin comprensión de esos procesos, las sociedades quedan vulnerables a repetir ciclos de violencia.


A la par, Agüero argumenta que cuando las sociedades deciden quién merece duelo y quién merece voz —víctimas sí, familiares de perpetradores no— terminan perpetuando formas de violencia, la del silencio forzado y la de la caricaturización.


El silencio forzado impide que voces complejas contribuyan a la comprensión histórica. Los hijos, hermanos o padres de terroristas que condenan los actos de sus familiares pero necesitan procesar su propio duelo y trauma quedan excluidos del espacio público, obligados a ocultar su historia o a negar su dolor.


La caricaturización transforma a los perpetradores en monstruos unidimensionales. Esta operación es políticamente peligrosa porque oscurece cómo personas comunes pueden llegar a cometer actos terribles bajo ciertas condiciones.


Rendirse: la propuesta de Agüero


El título del libro, "Los rendidos", refiere a esta idea de "rendirse" ante la imposibilidad de construir identidades perfectas, limpias, aceptables para narrativas dominantes.


Agüero propone "rendirse" a la complejidad. Poder decir que su madre hizo mucho daño al país, que condena esos actos, y simultáneamente recordarla como alguien que lo cuidó, que le inculcó valores, que fue una buena madre en el ámbito privado. Poder sostener ambas verdades sin que eso signifique justificación de crímenes ni negación de responsabilidades.


Esta "rendición" no es claudicación moral sino reconocimiento de que las personas son más complejas que las categorías binarias de buenos y malos, que los perpetradores de atrocidades también son seres humanos con relaciones afectivas, y que esa humanidad no elimina su culpabilidad pero sí complica las narrativas simples.

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