Los rendidos de Agüero
¿Qué pasa cuando entender a una persona que hizo mucho daño se confunde con justificar, cuando el victimario pierde todo rastro humano?
Por: Jairo Rodríguez
José Carlos Agüero, en su libro Los Rendidos, escribe desde una posición que incomoda, porque no le basta con condenar lo que ocurrió, sino que quiere entender qué hace la guerra con las personas, con sus lenguajes y con sus vidas después de que todo termina.
Lo que el libro va mostrando, capítulo tras capítulo, es que el conflicto no se acaba cuando cesan las armas: permanece como estigma, como forma de mirar, como orden moral que reparte humanidad o la niega.
Brindar contexto no es una justificación
Una de las tensiones más insistentes del libro es que dar contexto —explicar y entender lo cometido— no es lo mismo que justificar acciones, pero socialmente muchas veces se oye como si lo fuera. Agüero siente el peso de esa confusión.
Entender el contexto —la desigualdad, el miedo, la propaganda, el aislamiento, el racismo, la precariedad del Estado— permite ver cómo se produjo la violencia y cómo se volvió posible que personas comunes terminaran apoyando o participando en atrocidades.
Pero ese mismo movimiento, en un país herido, suele interpretarse como excusa, es como un «si explicas el porqué hizo esto, lo estás defendiendo».
El libro te obliga a sostener ambos. Se debe explicar sin absolver, y condenar sin deshumanizar.
Ese equilibrio no es tibieza, es una ética del lenguaje.
Porque cuando el lenguaje cae en caricatura y reduce a alguien a etiquetas como psicópata, miserable, bulto o terruco como si fuera su esencia, no solo se expresa indignación, se construye un mundo donde el otro deja de ser sujeto y se vuelve cosa. Y un mundo así siempre está listo para repetir violencia.
El estigma como estructura de lectura pública
Por eso la noción de estigma es un eje. Agüero habla del estigma como una estructura de lectura pública, una marca que se pega y decide qué vidas merecen duelo, qué voces merecen escucha, qué historias pueden contarse sin castigo.
El estigma hace que ciertas biografías sean ilegibles. En su caso, ser hijo de terroristas es una condena social que lo coloca en deuda simbólica permanente. Esto no es una situación individual, sino colectiva. Afecta a muchas personas que se ven obligadas a quedar en silencio.
Y cuando alguien intenta hablar desde un lugar humano —con sus contradicciones, sus afectos y culpas, con la vergüenza, incluso con alivio— aparece la sospecha automática: que se trata de apología, de un blanqueo, de una justificación por los actos terribles.
El libro recuerda que esa sospecha no nace de la nada, nace del daño real. Sin embargo, cuando se convierte en regla absoluta, el costo es expulsar todo lo que no encaja en las categorías limpias.
Víctima y victimario como identidades totales
Ahí entra la discusión sobre si es correcto enfrascar a una persona como víctima o victimario. Agüero no niega que existan, lo que cuestiona es cuando esas palabras se vuelven identidades totales, moldes que reemplazan a la persona.
La víctima queda, entonces, reducida a sufrimiento, a un ser que solo puede ser mirado desde lo que le hicieron, protegido y a la vez infantilizado, fijado a un guion de pureza emocional.
El victimario, por su parte, queda convertido en monstruo esencial, no alguien que hizo daño, sino como la encarnación del mal, lo que limita pensar cómo se llegó a ese punto, qué condiciones lo facilitaron o qué responsabilidades colectivas lo hicieron posible.
En esa lógica, la víctima no tiene agencia y el victimario sí. Agüero quiere romper esa comodidad.
La guerra produce víctimas con decisiones, estrategias, contradicciones y también crueldad; produce perpetradores que se narran como arrastrados, como niños, como piezas. Y sobre todo produce zonas grises, herencias, familias, testigos, cómplices, sobrevivientes, que no caben en el binario víctima y victimario.
El libro no busca confundir culpabilidades; busca impedir que las categorías se usen como atajos para no mirar.
Emociones impropias: el alivio y la culpa
Dentro de ese tejido aparecen emociones que chocan con lo esperado. El episodio de Agüero al sentir alivio ante la muerte de su madre y su posterior culpa es una de las escenas más reveladoras.
El alivio no es alegría por la muerte; es descanso de la vigilancia, del peso de visitas, de rumores, de la obligación interminable de lidiar con una identidad estigmatizada. La culpa viene después porque el alivio parece moralmente indebido: como si el amor tuviera que expresarse solo en llanto y desgarro.
Agüero abre un espacio para estas emociones impropias, porque forman parte de lo real, y porque si no se pueden decir, entonces la experiencia queda secuestrada.
El perdón como don y economía de indulgencia
Todo esto desemboca en el núcleo del libro: el perdón y el rendirse.
Agüero llama al perdón un don porque no se puede exigir sin convertirlo en técnica o chantaje moral. Y habla de una economía de indulgencia para decir que el perdón y la compasión circulan con reglas sociales: quién tiene autoridad para dar indulgencia, a quién se le concede, qué condiciones se piden como precio, quién queda afuera sin derecho a ser escuchado.
En esa economía, ser víctima reconocida suele traer credibilidad, prestigio moral, derecho a voz. Ser hijo de militantes de Sendero Luminoso suele traer lo contrario, déficit de credibilidad, sospecha, rechazo, una deuda simbólica que no se cancela con buenos comportamientos.
Por eso, cuando Agüero dice que en algunos casos hay que ser víctima por primera vez para poder perdonar, no está celebrando el victimismo; está describiendo una puerta social: solo desde cierta posición reconocida algunos pueden hablar sin ser anulados de inmediato. Sin embargo, quedarse atrapado ahí tiene un costo, la identidad de víctima puede volverse jaula.
Entonces imagina un movimiento doble. Primero aceptar el lugar que permite tener voz y pasado, y luego dejar de serlo, porque la identidad de una víctima impide vivir. Allí entra rendirse.
Rendirse: exponerse sin blindaje
Rendirse no es una derrota frente al abuso ni un abrazo a la impunidad.
Es desechar el poder social de las etiquetas, dejar de pelear por una identidad impecable, abandonar el esfuerzo infinito por ser leído correctamente. Es aceptar que habrá censura, mirada, compasión, sospecha, y aun así hablar.
Rendirse es exponerse sin blindaje. Es permitir que tu relato sea complejo —que condenes y a la vez recuerdes afectos, que sientas vergüenza y a la vez alivio, que te duela y a la vez te canses— aunque eso no encaje en el manual moral de nadie.
Ese gesto es profundamente político, porque obliga a preguntarnos qué clase de espacio público tenemos. ¿Es uno donde solo sobreviven identidades puras y relatos útiles, o uno donde una persona fragmentada pueda revelarse sin ser reducida a monstruo o a víctima ideal?
Agüero no te pide que dejes de condenar la violencia; te pide que cuides el modo en que la condena se convierte en identidad, y el modo en que la comprensión puede confundirse con perdón.
Agüero no busca limpiar culpables, busca impedir que la memoria se convierta en una máquina de deshumanización. Y ahí, rendirse no es rendición moral, es el acto difícil de dejar de mentirte y dejar de mentirle a los demás, aunque el mundo te cobre por hacerlo.

